viernes, 11 de junio de 2010

Esperar por el ángel

El fuerte céfiro porteño hacía danzar el abrigo italiano de Gabriel. Estaba esperando hace más de media hora... ¿qué cosa? no lo recordaba. Sólo sabía que debía esperar, así se lo dictaba su corazón, así se lo dictaba su conciencia.
Aquella mañana había despertado algo ansioso. Lo último que recordaba de su sueño era el reloj Turri de Valparaíso y hacía allá fue, pues intuía que algo allí ocurriría.
Cuál fue su sorpresa al ver a una mujer caminar hacia él, una muchacha veinteañera vestida con uniforme de oficinista, esos con pantalones sexys que saben marcar la cintura y una chaquetilla que acentuaba aún más sus pronunciadas curvas, era de un tono pastel algo crema.
Gabriel la vio y supo que ella era lo que estaba esperando y sintió que las puertas del cielo se abrían a su alrededor al ver aquel magnificente ángel, aquel hermoso querubín paradisíaco que se posó ante sus ojos. Los cabellos castaños claros, los ojos verdes y la piel blanca de la muchacha lo hipnotizaron.
"Hola", dijo él, y ella respondió de igual y escueta manera con un "eh, hola" y una sonrisa nerviosa. "Disculpa, tienes hora que me digas", preguntó Gabriel ante lo que ella contestó "estamos bajo el Reloj Turri, puedes verla allí".
Con esa respuesta, Gabriel supo que ella era la elegida y que su presentimiento tenía razón. Una mujer hermosa, bella y con carácter. Usando todo su encanto y sus seductores ojos color almendra, Gabriel la invitó a un café en la plaza Aníbal Pinto y ella accedió. Luego se fueron a un pub y bebieron el ron favorito de Gabriel, Havana Club de 7 años y conversaron hasta avanzada la madrugada para luego irse a un hotel porteño.
Allí Gabriel pensó en la hermosura de aquella chica. Era una mujer hermosa, bella y con carácter... un carácter tan fuerte que había enfurecido a Gabriel cuando ésta no le quiso decir la hora.. "una mujer altanera", pensó.
A la mañana siguiente, Gabriel despertó con resaca en su apartamento del barrio Recreo y esa fue toda la preocupación que tuvo aquel día, a diferencia de la mucama del hotel, quien nuevamente tuvo que lavar las sábanas ensangrentadas que Gabriel dejaba todos los jueves para luego quemar el cuerpo de las incautas muchachas que caían en sus brazos, víctimas de la promiscuidad y la fantasía de abrirse a este joven tan cruentamente encantador.

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